domingo, 16 de mayo de 2010

Mostra da Caravaggio a Roma



Era tanto lo que vi y sentí que me parecía imposible e inarbacable escribir algo...
La atestada fila de entrada con más de tres horas de espera auguraba una exposición abarrotada de gente. Gracias a la organización precavida nosotros ya teníamos nuestras entradas, y aunque nos encontrábamos cansados del fin de semana, a mi se me quitaron los dolores en cuanto un tímido cesto de Frutas traído de Nápoles me daba la bienvenida. Muchas obras ya me eran familiares, pues las había visto anteriormente como las de la Galería Borghese o la del Thyssen, por ello me deleite más en aquellas desconocidas para mi, y sobre todo en aquellas que por su situación inaccesible, en colección privada o lugares americanos que carecen de interés para mi, nunca iba a observar.

Así me extasié viendo la Conversión de San Pablo, o Los jugadores de cartas cargados de color.



Me aluciné viendo esos brazos extendidos del personaje de la derecha en la Cena de Emaus de Londres, me gustó la sangre a chorros que sale del cuello del Holofernes sesgada por el filo del cuchillo de Judith.



El cristal de la frasca de vino del Baco, la decrepitud del rostro del niño con Flores, la desnudez casi perversa del Bautista Capitolino.



Me deslumbró la armadura del Prendimiento de Cristo de la Nationall Gallery rallando el hiperrealismo pictórico, y me sorprendieron los dos rostros protagonistas.



Me paré a estudiar el cuerpo, la adolescencia real, y viril del Bautista de Kansas. Pude ver un fondo paisajístico en El Sacrificio de Isaac, algo insólito en la obra caravaggesca.





Esa Coronación de Espinas de Viena me volvió a descubrir el brillo de las armaduras, los cuellos largos y elegantes como en el Descanso en la Huida a Egipto, y la frente ensangrentada de Cristo cargada de fuerza y veracidad. Un cuadro digno de ser visto es la Cena de Emaus de Breda, la oscuridad y atmósfera que envuelve la escena es estremecedora, una delicia visual.





Me gustó de nuevo el tratamiento del cuerpo en la Flagelación de Cristo, y me desagradaron las dos últimas obras, el Amor Durmiente, y la Adoración tan oscura que agradecería alguno de sus famosos focos de luz, no se aprecia gran cosa de la obra, y a eso ayudaba la iluminación de la sala y el gran formato del cuadro.





Y al final un Entierro de Santa Lucia de rigurosa novedad al público, de autoría , al parecer contrastada, pero para mi dudosa pues distaba mucho de la manufactura del Merisi…pero quien soy yo para decir nada. Aunque hay que reconocer que los personajes sepultureros tienen la musculatura propia del artista.



En resumen, estuve una hora disfrutando, ensimismada, había mucha gente pero poca luz, lo adecuado para sentirme más aislada, y aunque algunas obras carecían de buena luz o de espacio adecuado, el resultado en conjunto fue impresionante. Algo delicioso.

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